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sábado, 11 de febrero de 2012

Portada de Una pasión Latina
Una pasión latina (Alfaguara) es el título de la nueva novela del escritor piurano Miguel Gutiérrez(1940), quien bajo la forma de un thriller cuenta la historia de un hombre atormentado por el rencor, que luego de 20 años de matrimonio asesina salvajemente a su esposa estadounidense. Lea aquí la conversación con el también autor de La violencia del tiempo.






El ruido y la furia de los motores invaden la terraza del Hotel Bolívar, donde Miguel Gutiérrez aguarda la segunda entrevista de la tarde. Dicen que le gustan muy poco las entrevistas, pero parece que ya no tanto. Al menos en esta conversación respondió a todas las preguntas con mucha cordialidad. El pretexto: la presentación de su novena novela, Una pasión latina. 

Hace algunos años al hablar de las pasiones dijo que la fundamental para usted es la escritura. Le pregunto ahora, ¿qué es para usted escribir?
La pasión por la escritura define mi vida en última instancia. Yo a veces tardo para escribir una historia, después las escribo relativamente rápido. Pero lo interesante del momento de la escritura, cuando uno ya se dispone a escribir, es que en ella se cristaliza toda la experiencia de tu vida, todo lo que has leído, todas las imágenes que conforman tu imaginario. La escritura es lo que me sostiene en el mundo.

Usted cita como grandes influencias en  la novela a Joyce, Faulkner y a Kafka (por mencionarle algunos),  ¿Qué autor considera que es el que más influyó en su obra?
El autor que influyó más en mí para toda la vida fue Dostoievski, cuando leí a los 13 años Crimen y castigo. En todo lo que escribo está presente Dostoievski, no como recurso literario, no como forma, sino como visión del mundo y sentimiento del mundo. Es para mí la gran influencia. Ahora, formalmente y a su debido tiempo, recibí grandes enseñanzas de Faulkner, de Joyce y, por supuesto, Kafka, que me permitió dar otra mirada a la realidad. Sin embargo, para mí la gran novela del siglo XX es En busca del tiempo perdido de Proust. Estos son escritores que he leído y sin los cuales no hubiera podido escribir novelas.

¿Y qué reconoce de Dostoievski en su obra?
Bueno, varios amigos me dicen que él está en todas mis obras. Un amigo crítico que leyó mi última novela, Una pasión latina, me decía que allí también está Dostoievski, y se evidencia -me decía- en la vida atormentada del personaje principal, Nolasco Vílchez, quien comete un crimen atroz.

Y a propósito de Una pasión latina, en ella están presentes como temas la bastardía, el racismo y el mestizaje. ¿Estos son temas que de alguna forma lo persiguen, podría considerarse que son sus demonios?
Pienso que sí, pues siempre salen aunque quisiera controlarlos (sonríe).

¿Cuál fue el punto de partida, el chispazo inicial que inspiró esta novela?
Hace diez años un amigo me refirió la historia brutal, truculenta, de un hombre latino que entra en amores con una estadounidense cuando son jóvenes, y 40 años después, cuando están en Estados Unidos, la asesina y la descuartiza. La historia me conmovió porque estaba dentro de ese gran tema que están en todas mis novelas y que Peter Elmore llamó "la condición mestiza".

Este Nolasco Vílchez vive desde su infancia acomplejado por su origen bastardo, por el color de su piel y busca reivindicarse consiguiendo a una mujer blanca y extranjera
Claro. (El crítico literario) Ricardo González Vigil me hacía mención del cuento de Ribeyro,Alienación, donde ve el tema desde un punto de vista satírico. En mi novela, en cambio, está visto desde otra perspectiva, pero finalmente nos remite a eso. Creo que esta es una de las heridas del pueblo peruano.


POLÍTICA, VARGAS LLOSA Y LIBROS

Miguel Gutiérrez estudió Literatura en San Marcos, se graduó con una tesis titulada Estructura e ideología de Todas las Sangres, la obra de José María Arguedas. Su primera novela, El viejo saurio se retira (1969), tuvo más críticas que elogios, pero se reivindicaría con La violencia del tiempo (1991), su obra más importante, y que en el contexto en que apareció desató polémica por su alusión a Sendero Luminoso.

¿Se siente ahora un escritor valorado literariamente? Antes la crítica le ponía reparos a su obra por su ideología marxista
Yo pienso que hasta ahora hay críticos que se acercan con prejuicios a mi obra por mis concepciones políticas y por mis propios escritos. Pero de alguna manera cuento ya con un público y no me quita el sueño ser reconocido por todo el mundo. Obviamente por mis propias convicciones, mis escritos han ofendido a mucha gente. 

Convicciones a las que no ha renunciado, ¿no es verdad? 
No, no.

¿Y es anacrónico definirlo a usted como un escritor marxista? 
No creo que ser marxista sea anacrónico. Eso es lo que nos dicen los liberales, los apolíticos, el marxismo todavía sigue siendo una opción. Bueno, mi marxismo se complementa con mi apertura hacia el pensamiento contemporáneo. Digamos que hay una actitud heterodoxa. Mi marxismo es heterodoxo, pero creo que sigo perteneciendo al mismo campo.

¿Siente que con los años ha dejado de ser confrontacional? Recibió muchas críticas, por ejemplo, por su ensayo sobre la Generación del 50
Creo que mis posiciones fundamentales siguen siendo las mismas. Por ejemplo mi actitud frente al poder no ha cambiado. Yo planteo y sostengo que el escritor debe mantener una distancia frente a todos los poderes para poder decir la verdad. Siempre he sido crítico. Naturalmente en la manera, en la forma, he morigerado el tono confrontacional.

¿Y diría que fue injusto con sus críticas a algunos escritores en ese ensayo sobre la Generación del 50?
Hay que ver en qué momento se escribió este ensayo, pues fue en una época de gran beligerancia. Tiene un tono vehemente, sin embargo no insulto a nadie, no estigmatizo a un escritor por sus convicciones políticas. Por ejemplo, sobre (Julio Ramón) Ribeyro, fue la parte que me resultó más dolorosa de escribir. Fui muy severo con él porque aceptó una condecoración del primer gobierno de Alan García a los pocos meses de la matanza de El Frontón (nota de referencia: en esa masacre de 1986, murió su hijastro Carlos Eduardo Ayala). Sin embargo, en el mismo libro dedico un análisis a la cuentística de Ribeyro, por quien siento una gran admiración, para mí es el mejor cuentista del Perú.

¿Llegó a conversar luego con Ribeyro sobre esto?
No y fue una pena para mí. Una vez me encontré con su hermano (Juan Antonio), pocos meses después de que muriera Julio Ramón y le dije que hubiera querido conversar con él.  "Créeme -me dijo- que Julio Ramón entendía tu posición". 

La violencia del tiempo, esa novela que llaman totalizante ¿ es su mejor novela?
Yo he hecho mi propio ranking y podría decir que esta es mi novela más poderosa de todas. Ahora, a raíz de la reedición (de hace un año) tuve la oportunidad de releerla muchos años después. Me di cuenta del momento en que fue escrita, justo en una etapa en que el país afrontaba una convulsión tremenda. Más que novela totalizante yo la llamo novela summa porque está compuesta de varias novelas.

¿Cuál cree usted que ha sido su aporte a la novela peruana? 
Mire, yo he querido terminar con ciertas dicotomías. Por ejemplo, soy un hombre nacido en una urbe, sin embargo he escrito novelas que transcurren en el campo. Entonces yo nunca acepté que había una dicotomía entre lo rural y lo urbano, creo que un novelista puede transitar entre esos dos mundos. Además, no aceptaba que hubiera separación entre lo nacional y lo cosmopolita. En La violencia del tiempo está la pequeña aldea, está Piura, pero también está París y Barcelona. El escritor no necesariamente tiene que vivir una realidad para escribir sobre ella.

¿Qué le pareció que le hayan dado el Premio Nobel a Mario Vargas Llosa, con quien ha polemizado por sus convicciones políticas?
Yo creo que lo merece. Se pueden tener muchas discrepancias con Mario, pero indudablemente es un escritor formidable. Con esa disciplina para escribir una obra tan vasta, no solo en novelas sino también en ensayos.

¿Cuál cree que es la mejor novela de él?
Creo que Conversación en La Catedral. La guerra del fin del mundo también es una gran novela, pero no me satisface totalmente -no como forma porque es perfecta-, porque pudo haber sido laGuerra y Paz de Latinoamérica si él hubiera tenido una actitud más abierta, más cercana hacia el pueblo, me refiero a los que pertenecieron al bando del Conselheiro.

¿Qué disfruta más leer o escribir?
Cuando estoy embarcado en la lectura, prefiero escribir porque creo que solamente cuando escribo me siento verdaderamente feliz.

¿Escribe todos los días? ¿Tiene horarios?  
Cuando estoy escribiendo sí. Últimamente he dejado mi horario nocturno, durante muchos años trabajaba desde las seis de la tarde hasta las seis de la mañana.

Si tuviera que decirnos los cinco libros más importantes que usted haya leído cuáles serían. 
Un clásico que me impactó mucho que lo leí a los 17 años fue Edipo Rey, de Sófocles. Otro libro fue Los hermanos Karamazov, de Dostoievski. 

De Leon Tolstói me gusta Guerra y paz.

De Marcel Proust, En busca del tiempo perdido para mí es la gran novela del siglo XX.

Y de Latinoamérica pondría tres grandes novelas que para mí son las mejores. De Guimaraes Rosa, Gran sertón: Veredas. También Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, yPedro Páramo, de Juan Rulfo. No sé cuál de las tres es la mejor.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Escritor Miguel Gutiérrez revela detalles de su nueva novela Una pasión latina

Lima, nov. 19 (ANDINA). El escritor peruano Miguel Gutiérrez presentó su nueva novela Una pasión latina, que paradójicamente tuvo tantas dificultades y anécdotas diversas antes de su publicación oficial como ocurrió con su anterior libro La violencia del tiempo.
Literato Miguel Gutiérrez brinda detalles de su última obra. Foto: ANDINA/Difusión.
Literato Miguel Gutiérrez brinda detalles de su última obra. Foto: ANDINA/Difusión.
Recordó que hace 20 años publicó La violencia del tiempo, considerada por muchos como la mejor novela peruana de la década de 1990, una edición que no estuvo exenta de problemas como le ha ocurrido ahora a su nueva novela.
Dijo a Andina que Una pasión latina demoró en publicarse oficialmente un par de semanas más de lo planeado por algunos imprevistos, aunque las razones fueron distintas a la anterior.
"En ese tiempo, como no pude supervisar la edición por la situación que se vivía en el país en 1991, el editor se tomó algunas libertades. Lo interesante de la última edición es que se ha restablecido la versión original, por ejemplo la distribución de los capítulos, menos mal que tenía los originales, que los guardaba el historiador Carlos Araníbar.
¿Cómo surge Una pasión latina, que transita entre Estados Unidos y el Perú?
–La novela parte de un hecho real. El asunto era cómo escribir esa historia, que se vuelva turbulenta, atroz, desagradable. Cuando uno escribe una novela se pregunta cómo se va a escribir, a uno se le presentan varios caminos, pero sabe que solo hay uno definitivo.
¿Cuánto se demoró en hallar la forma de contar la historia?
–Me enteré de este caso hace diez años, desde entonces, está dando vueltas. Siempre busco que cada libro sea una aventura de composición, de formas de tratar, de técnicas y de lenguaje. De cierta forma, La violencia del tiempo es una novela suma, hay varias novelas dentro de ella. Pero esa novela responde a la tradición realista, de Balzac, Tolstói, todos ellos. En cambio, Babel en el paraíso, responde a otra tradición, otra poética y estética: a la de la novela fantástica, la novela utópica. El lenguaje está determinado por esa forma.
¿Cómo plantea sus libros? ¿Anda a la caza de una historia? ¿De la forma?
–Una de mis preocupaciones ensayísticas es el tema del acto creativo novelesco. Surge de diversas maneras. De un personaje, de una historia, a veces de una imagen, que desencadena todo el imaginario que tiene un escritor. Cuando me cuentan una historia, puedo ver que son novelables, pero no me interesan. Pero otras sí, como esta historia de un hombre que descuartiza a su mujer luego de cuatro décadas juntos. Me conmovió porque vi que podía encajar con un tema que está en toda mi obra, que es la cuestión mestiza. Ahora bien, el otro asunto es cómo escribirla. Soy un autor que se demora mucho para empezar una novela, pero una vez que la inicio soy rápido.
La novela pendiente
La forma de escribir Una pasión latina se le presentó a Gutiérrez mientras escribía otra novela. Ese libro, que ya había sido pospuesto antes por Confesiones de Tamara Fiol, tiene el título temporal de Se busca a Kymper. El autor confiesa que piensa cambiar el nombre para no confundir con hechos noticiosos que no tienen relación. Dice ya tenerla avanzada y que en ella cuenta la historia de un sujeto, en 1992, perseguido por tres fuerzas: Sendero Luminoso, un grupo paramilitar y su mujer. "Esta última es la más letal", bromea.

Una pasión norteamericana
Noto, por el epígrafe de Don DeLillo y la charla previa a la entrevista, que es un atento lector de lo que se produce actualmente fuera de las fronteras.
– Siempre he sido un lector de la novela estadounidense. Desde los clásicos del siglo XX, la generación de Faulkner, Hemingway, Fitzgerald, hasta los de la segunda posguerra como Philip Roth, Saul Bellow, Truman Capote, o los más recientes como Bret Easton Ellis. La novela estadounidense ha dejado una huella en mí. Por ejemplo, John Dos Passos es un autor casi olvidado, pero para mi generación es importantísimo.

¿Qué es lo que le atrae de esa tradición?
–La vitalidad de la novela estadounidense, aunque esto se ha ido perdiendo últimamente. Pero, por lo menos, la novela de esa época tiene una gran vitalidad. Aún obras de autores que no son los mejores como El camino del tabaco de Erskine Caldwell o Viñas de ira de John Steinbeck. Una vitalidad que no encontrábamos en la novela europea, que se había vuelto muy intelectual. Sin embargo, para mí la gran novela del siglo XX es En busca del tiempo perdido. No obstante, la novela estadounidense era muy audaz experimentalmente y tenía un lenguaje muy ligado a la vida. Hasta ahora la sigo leyendo.

lunes, 7 de diciembre de 2009

“Solo me interesa la política como tema literario, como pasión y búsqueda del poder”



Vinculado en los años 60 al grupo Narración, Miguel Gutiérrez (Piura, 1940) publicó “El viejo saurio se retira”, temprana novela a la que siguió un largo silencio hasta el campanazo de “La violencia del tiempo”, que lo colocó en primera fila en las letras peruanas. El diálogo que sigue parte de “Las confesiones de Tamara Fiol”, su más reciente novela, para abordar temas literarios y políticos.

Por Federico de Cárdenas

¿Tu protagonista, Tamara Fiol, parte de un modelo real?

–Sí, una mujer extraordinaria a la que conocí y que figura también en otra novela. Muchos la admiraban, pero también se decía que tenía una historia complicada con un sujeto que había sido también de izquierda y que luego de un proceso largo había terminado en el campo opuesto. Me preguntaba cómo habría sido esta relación.

–¿Y la idea de los largos diálogos telefónicos entre Morgan –el periodista norteamericano que indaga sobre ella– y Tamara?

–Así era como conversaba con esta amiga. Mientras vivió, me sentía inhibido de tomarla como personaje, pero ella falleció y a las pocas semanas sentí que podía comenzar la novela, contando libremente su historia. Subrayo lo de libremente porque he cambiado muchísimo y la historia es en gran parte una invención.

–¿Morgan Batres en este sentido sería un alter ego, una máscara que tomas como autor?

–Así me lo han dicho, y es verdad que hay elementos autobiográficos, como la prótesis en la cadera que luego tendrá el personaje, algo que me pasó mientras escribía el libro. Me parecía literariamente interesante que la historia fuera vista desde una mirada extranjera, alguien que no está tan involucrado, de modo que su lectura de los hechos no sea prejuiciosa. De otro lado, en mi narrativa siempre ha habido una vinculación entre lo regional, lo nacional y lo cosmopolita y en este sentido me interesaba vincular la violencia interna del país con aquella existente en el mundo. Es también la razón para hacer de Batres un reportero de guerra. Pero en él, más que rasgos míos, hay rasgos de lo que en diversos momentos quise ser.

–¿Y Raúl Arancibia? ¿Es el más inventado de los personajes?

–No, parte también de un modelo real, aunque suma trayectorias de diversos personajes de izquierda, que del Apra pasan al comunismo y acaban de fujimoristas. En algún momento se le compara con Ravínez, pero creo que este último era superior, pues alguna motivación moral y política debió quedarle.

–¿Tamara y Arancibia te permiten hacer la historia de las dos vertientes de la izquierda en el siglo XX, la socialista y la aprista?

–Claro, el tratar de reconstruir el pasado familiar de ambos me sirve para hacer una crónica de las luchas de la izquierda a lo largo del siglo XX, empezando con el anarquismo, al que pertenece el abuelo de Tamara.

–Hay un pasaje de la novela sobre esos momentos en que el odio y la violencia homicida se apoderan del país. ¿La última parte del siglo XX, con la guerra interna, queda comprendida en esta descripción?

–Sí. No hay que olvidar que Batres llega al Perú para efectuar una investigación sobre las mujeres de SL. Y queda insatisfecho, pues estas mujeres tienen blindada su conciencia y no revelan nada de su intimidad o de sus dudas. Es por esto que él acude a Tamara Fiol, otra luchadora, para remontar en el origen de la violencia. En la novela no oculto la violencia de SL. Parto de la idea de que un escritor que trata esos temas debe ser ante todo novelista y dejar de lado sus simpatías o pasiones políticas. He procurado por ello que mi novela –y en general mi obra literaria– no sea ni apología ni panfleto. A mí nunca me ha interesado la política coyuntural. Me interesa la política como tema literario, como pasión y búsqueda del poder, algo que puede ser tan intenso como la pasión amorosa. La afirmación del yo encuentra a veces un cauce a través de la pasión política, que abarca el sueño o la fantasía de llegar al poder y transformar las cosas.

–¿Nunca intentaste retomar “Matavilela”, esa novela juvenil de la que se llegó a publicar un capítulo?

–Creo que lo he hecho con Tamara Fiol. Cuando intenté “Matavilela” tenía detrás un modelo extraordinario, la novela “Estados Unidos de Norteamérica” de John Dos Passos, pero tenía 25 años y no estaba preparado para un proyecto así. Quería contar la vida de 10 personajes nacidos entre 1930 y 1940 en distintos lugares del país y en diferentes clases sociales y el modo como la política entra en algún momento a sus existencias. Llegué a escribir 29 páginas y luego no pude seguir, “Confesiones de Tamara Fiol” realiza en pequeño lo que pensaba hacer.

–¿Y tu visión de la bohemia limeña? En la novela hay una visión muy exacta de lo que fueron los años 50.

–La trabajé mucho. Estoy ligado más bien a la bohemia de los años 60, pero he tenido amigos mayores que me han contado mucho. Llegué a Lima a fines de los 50 y algo alcancé, pero el resto es reconstruido. Esos recorridos por la Plaza San Martín, la Plaza de Armas. He querido restituir la geografía exacta de unos años que quienes los vivieron consideraban felices. La Musa y el Pianista son dos personajes que también cuentan con modelos reales y que me permiten dar el aroma de esas noches.

La Generación del 50

–Tu polémico libro sobre la generación del 50 fue reeditado hace unos años y hacías ver en un breve texto que solo habías cambiado un par de adjetivos. ¿Tu visión de esa generación sigue siendo tan crítica?

–Creo que hay que tener en cuenta en qué condiciones se escribió el libro, en una época muy difícil para mí. No lo digo como justificación, pues creo que en el libro trazo una diferencia entre la obra creativa de todos ellos –algunos de los cuales han sido mis maestros y hermanos mayores– y su conducta personal. No es una cuestión ideológica, porque siempre pensé que cada uno tenía derecho a pensar como quisiera. Muchos se enojaron porque toqué a algunos autores que eran insospechables y que incluso representaban a la izquierda, y debo confesar que las más difíciles para mí fueron las páginas sobre Ribeyro, a quien admiro mucho. Sin embargo, puede verse que en el libro le dedico un largo capítulo como narrador, lo que quiere decir que no cuestiono para nada su literatura, sino su inconsecuencia.

–También ubicas como figura mayor a Jorge Eduardo Eielson...

–Sí, y hubo amigos que me dijeron que por qué, siendo yo socialista, no exaltaba a Romualdo, Rose, Scorza u otras figuras. Pero para mí el esplendor poético de Eielson, y su sentimiento desgarrado son incomparables. Se le acusó de esteticista, lo que me parece un gran error. Eielson tiene un lenguaje maravilloso. Agregaré que lo mismo me dijeron de Vargas Llosa. Pero que esté en desacuerdo con su posición ideológica no impide que lo reconozca como un gran novelista y un intelectual perturbador. Mi gran desacuerdo con “La utopía arcaica” no impidió que leyera el libro en una noche. Volviendo a la Generación del 50, diré que me parece admirable en su conjunto, e incluso superior a la de Basadre y Raúl Porras, que puso la agenda del siglo XX. Pero, los del 50 son más completos: tienen ocho o diez poetas de primera línea, muy buenos narradores, historiadores y artistas.

“El APRA es un páramo desolado”

– ¿Qué se puede rescatar del Apra?

–Ante todo no creo que, como se viene sosteniendo en los últimos tiempos –con la lamentable participación de sectores de la izquierda– que Mariátegui y Haya de la Torre sean figuras equiparables. No, son personajes profundamente diferentes en lo ideológico, político, moral y humano. El objetivo estratégico por el que Haya fundó el Apra, esto es, oponerse al cambio revolucionario socialista, se ha mantenido en su ya larga historia. Por supuesto ha habido cambios de piel de carácter contingente, coyuntural y oportunista. Por lo demás, el sectarismo, la violencia bufalesca, los dobles discursos, el maquiavelismo, la demagogia, el cinismo, que practican sus actuales dirigentes, empezando por García, constituyen el legado pedagógico de Haya. En mi novela rescato a los militantes de base que sacrificaron sus vidas por una doctrina cuyo verdadero sentido ocultaban la retórica y la demagogia populista. Un caso radical, casi trágico, fue el acto de aquel perturbado joven que cumpliendo directivas acaso subliminales asesinó a los esposos Miró Quesada, quien después en la cárcel, como un apestado, fue abandonado a su suerte. También destaco la figura de Antenor Orrego por el papel que desempeñó en los años formativos de Vallejo y después del adolescente Ciro Alegría, aunque con los años el primero se hizo comunista y Ciro terminó renunciando al Apra. Los últimos intelectuales de valía que estuvieron ligados al Apra, como partidarios y simpatizantes (Valcárcel, Rose, Bendezú, Scorza), pertenecieron a la Generación del 50 y todos rompieron con el Apra, o bien fundaron el Apra Rebelde y luego el MIR. Desde entonces el Apra es un páramo desolado en el campo de la intelectualidad, el arte y la literatura.

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